miércoles, 21 de junio de 2017

GRUPO DE SAN SEBASTIÁN DE LA GOMERA

Reunión con el grupo San Sebastian de la Gomera ultima dia antes de las vacaciones. Todas daban gracias al Señor por este año y con la esperanza del próximo.

viernes, 16 de junio de 2017

ENCUENTRO DE FIN DE CURSO EN VALLE GRAN REY. LA DICHA DE SER DE VIDA ASCENDENTE

El grupo de Vida Ascendente de Valle Gran Rey en la Gomera, celebró el fin de curso hoy 16 de junio; un rato de fraternidad entre sus miembros con agradecimiento a Dios por dejar que la vida tenga sentido.

sábado, 10 de junio de 2017

ENCUENTRO DE FIN DE CURSO DE VIDA ASCENDENTE EN GARACHICO

El movimiento Vida Ascendente, celebró el Encuwntro de fin de curso en Garachico. Fue un día con mucha actividad ya que se comenzó desde las ocho de la mañana recogiendo a los miembros del movimiento en Arafo, un recorrido por varios sitios de la Isla hasta llegar a Garachico en la Iglesia de las monjas  Concepcionista donde tuvo lugar una charla muy interesante con el testimonio de la superiora que nos contó la vida de la fundadora Santa Beatríz, y también, como es el día a día de los Otantes, nos contó su felicidad de ser  seguidoras de Cristo y  su dedicación a orar por el mundo.
La eucaristía, el almuerzo fraterno y un paseo  por las calles del Pueblo en un tren, así terminó el día con alegría... 



viernes, 9 de junio de 2017

ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR. Domingo de la S. Trinidad A

En todos los tiempos, el hombre se ha esforzado por descubrir la existencia de Dios y relacionarse con Él. De este modo, ha buscado una respuesta al sufrimiento, al mal y a la muerte, y abrirse a la esperanza. Así se han formado lo que conocemos con el nombre de “religiones naturales”.

Pero también Dios ha querido encontrarse con el hombre, manifestarse a él, tratar de los temas fundamentales del hombre caído: Su salvación, su anhelo de trascendencia, su relación con Él, su vida junto a Él para siempre. Son las llamadas "religiones reveladas". Entre ellas está el cristianismo. Éste nos enseña que Dios se ha ido revelando progresivamente al hombre, a través de los patriarcas y los profetas, a través de los acontecimientos todos de la Historia Santa, hasta que llega la plenitud de los tiempos, y Dios se acerca al hombre al máximo, en Jesús de Nazaret, el Hombre - Dios, que viene a salvarnos.

En medio de este proceso, Dios se nos ha ido revelando como comunidad perfectísima de vida y amor, como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es la Santísima Trinidad, cuya solemnidad celebramos este domingo.

Éste es el Misterio más grande que Jesucristo nos ha revelado acerca de Dios. Misterio quiere decir que, en parte, se nos ha manifestado y, en parte,permanece oculto. No podemos pr etender una comprensión total de Dios.

En la Liturgia de la Palabra de hoy, Dios se nos manifiesta, en la primera lectura, como un Ser “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. En la segunda, como Comunidad de Personas, que nos ofrecen gracia, amor y comunión. Y el Evangelio nos presenta la conversación de Jesús con Nicodemo, en la que le dice: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar el mundo, sino para que el mundo se salve por Él”. Lógico es que el salmo responsorial sea un himno de alabanza y acción de gracias: “A ti gloria y alabanza por los siglos”.

Y si esto es así, no podemos vivir como si Dios no existiera, sin relacionarnos con Él, sin entrar en comunicación y en comunión con Él. Muchas realidades se encargan de recordárnoslo con frecuencia, especialmente, “los testigos de Dios” en el mundo. Precisamente, en esta solemnidad recordamos a los monjes y monjas de clausura, cuyos monasterios son como un faro de luz, que están siempre indicando, desde una vida de silencio, oración y trabajo, la existencia de Dios, su amor y su misericordia, su acción constante en la Iglesia y en el mundo.

Es, por tanto, importante, fundamental, que Dios ocupe su lugar en nuestra vida y en toda la historia humana, con todas sus dimensiones, como quería, especialmente, el Papa Benedicto. “No vaya a ser que se repita el error de quien,queriendo construir un mundo sin Dios, sólo ha conseguido construir una sociedad contra el hombre”. (S. Juan Pablo II)​

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

viernes, 2 de junio de 2017

ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR. Domingo de Pentecostés A.


Por fin hemos llegado a Pentecostés. De este modo, llega a su plenitud, a su punto culminante, el clima festivo y alegre que compartimos los cincuenta días de Pascua. Y se llama pentecostés porque son cincuenta días.

Dice el Catecismo: “¿Qué celebramos el Domingo de Pentecostés? “El Domingo de Pentecostés celebramos que Jesús ha enviado el Espíritu Santo sobre los apóstoles, y que continúa enviándolo sobre nosotros”.

¡Se trata de dos realidades distintas: La Venida del Espíritu Santo a los discípulos, el día de Pentecostés, y la Venida del Espíritu del Señor a cada cristiano!

Del Espíritu Santo ya decíamos algo el domingo 6º de Pascua, pero este domingo todo nos habla del Espíritu. La primera lectura nos narra el acontecimiento de Pentecostés: La casa, los discípulos, el viento recio, las lenguas de fuego, el asombro de todos los que les escuchan hablar en lenguas extranjeras, la gran transformación que se realiza en ellos, la explicación de S. Pedro… ¡Es todo muy hermoso!

Ya Jesús les había advertido: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el confín de la tierra”. (Hch 1, 8). Y el Libro de los Hechos, el llamado “Evangelio del Espíritu Santo”, es la narración del cumplimiento de estas palabras del Señor.

Pero los apóstoles no sólo recibieron el Espíritu Santo, sino también la misión de darlo a cada cristiano. ¡Y con cuánto interés procuraban hacerlo! (Hch 19, 1-8)

Cada uno necesita “su pentecostés”, que haga posible su existencia cristiana, en su ser y en su hacer. Y nuestro pentecostés es el sacramento de la Confirmación. Los obispos, sucesores de los apóstoles, por la oración, la imposición de las manos y la unción con el santo crisma, nos dan el Espíritu Santo.

Y, además, ¿qué un ser humano sin espíritu? Un cadáver. Y se dice “expiró”, es decir, exhaló el espíritu. Pues eso es un ser humano sin el Bautismo, que lo infunde de un modo inicial y sin la Confirmación que lo da en plenitud.

¡Un cadáver en el ser y en el hacer cristiano! Nos lo recuerda S. Pablo en la segunda lectura de hoy: “Nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Y el Evangelio nos presenta a Jesucristo transmitiendo a los discípulos el Don del Espíritu, al anochecer del mismo día de la Resurrección. ¡Como si tuviera prisa el Señor en dar el Espíritu! ¡Es el fruto más importante de la Pascua, fuente y garantía de todos los demás!

¡Jesucristo Resucitado se convierte así en el “Dador” del Espíritu Santo! En el Evangelio de la Misa de la Vigilia, nos dice S. Juan: “Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado”. (Jn 7,39).

Para eso nos hemos venido preparando estos días: Para acoger una nueva efusión del Espíritu del Señor en nosotros mismos, en la Iglesia y en el Universo entero, especialmente, renovando aquel Don del Espíritu, que recibimos en el Bautismo y, sobre todo, en la Confirmación.

Y todo, como decía antes, para ser, por todas partes, testigos y mensajeros de la Pascua. Por eso, nos viene bien celebrar este día la Jornada de la Acción Católica y del Apostolado Seglar.

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

viernes, 26 de mayo de 2017

ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR. La Ascensión del Señor.


¡Volver a casa, llegar a casa! ¡Cuánto se desea, cuánto nos conforta, cuánto nos alegra! Y decimos: ¡Por fin, en casa!

He ahí la primera realidad que contemplamos al celebrar este domingo, la solemnidad de la Ascensión del Señor: El Hijo de Dios “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del Cielo”, -hablamos en términos humanos - vuelve a su Casa, a la Casa del Padre, con un cuerpo semejante al nuestro, pero resucitado y glorioso. Y se sienta a la derecha de Dios Padre, es decir, en igualdad de grandeza y dignidad con el Padre. Ha terminado su tarea, ha cumplido perfectamente su misión, y ahora vuelve al Padre como Vencedor sobre el pecado, el mal y la muerte. ¡Cuánto nos enseña todo esto!

La Ascensión es el punto culminante de la victoria y exaltación de Cristo, que ha abierto de par en par las puertas del Cielo a todos los hombres. Y aguardamos y anhelamos su Vuelta gloriosa, como les advierten a los discípulos aquellos “dos hombres vestidos de blanco” (1ª lect.).

La Ascensión de Jesucristo marca así el comienzo de su ausencia visible y de su presencia invisible. Por eso puede tener un cierto matiz de pena, de tristeza, como contemplamos, por ejemplo, en el himno de Vísperas: “¿Y dejas, Pastor santo, tu grey en este valle hondo, oscuro, en soledad y llanto; y tú, rompiendo el puro aire, te vas al inmortal seguro?”.

Es éste sólo un aspecto de esta solemnidad que se celebra, más bien, en un clima de alegría, como la que contemplamos en los discípulos al volver a Jerusalén “con gran alegría”. (Lc 24,52). Y pocas oraciones, a lo largo del Año Litúrgico, tienen un carácter tan alegre y festivo como la oración colecta de la Misa de hoy: “Dios todopoderoso, concédenos exultar santamente de gozo y alegrarnos con religiosa acción de gracias, porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria…”. ¡Somos miembros de su Cuerpo! Por eso escribe S. Pablo: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados- nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el Cielo con Él”. (Ef 2, 4-6). Por lo tanto, nuestro destino celestial no es algo que pertenece sólo al futuro, sino que, de algún modo, ha comenzado ya, con Jesucristo y con los santos, especialmente, con la Virgen María, que está en el Cielo también con su cuerpo glorificado. De esta manera, como dice el Vaticano II, la Iglesia “contempla en Ella con gozo, como en una imagen purísima, aquello que ella misma, toda entera, ansía y espera ser”. (S. C. 103).

Qué grande y qué hermoso es el destino que nos espera: el Cielo, la Casa del Padre, que es como el hogar de una familia muy numerosa y feliz, liberada por fin, del sufrimiento y de la muerte, y colmada de paz y alegría sin fin. Sólo el pecado grave, que rompe nuestra comunión con Cristo, puede torcer y hacer desgraciado nuestro futuro.

Por todo ello, los cristianos no podemos vivir olvidados del Cielo. Sería absurdo. ¿Cómo vamos a olvidarnos de nuestra casa, cuando vamos de camino hacia ella? Ya nos advierte el Señor que hemos de tener nuestro corazón en el Cielo, porque donde está nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón. (Mt 6,20-21).



¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!